La posibilidad de vender crudo en mercados antes vetados devolvió oxígeno a la principal industria de Venezuela. Pero la reapertura comercial, por sí sola, no resuelve el problema de fondo: la capacidad de producción petrolera quedó muy por debajo de sus máximos históricos tras años de deterioro.
Una década de desgaste
La subinversión sostenida, la falta de mantenimiento, la pérdida de personal calificado y el envejecimiento de la infraestructura golpearon de forma acumulativa al sector. Recuperar volúmenes de producción significativos no es cuestión de meses: requiere capital, tecnología y, sobre todo, previsibilidad.
El factor confianza
Atraer la inversión necesaria, advierten los analistas, depende menos del precio del crudo que de las reglas: seguridad jurídica, estabilidad contractual y certeza sobre el marco en el que operarán las empresas. Sin esas condiciones, el interés inicial puede no traducirse en compromisos de largo plazo.
La industria petrolera fue durante décadas el corazón —y también el talón de Aquiles— de la economía venezolana. Su reconstrucción será una de las pruebas más exigentes de la transición, y un anticipo de si el país logra, esta vez, romper su histórica dependencia de un solo recurso.


