Pocas decisiones cargan tanto peso emocional como la de regresar. Para los millones de venezolanos que rehicieron su vida fuera, la transición política reabre una pregunta que muchos habían archivado por supervivencia: ¿es hora de volver a casa?

El impulso es comprensible. Detrás de cada migrante hay una familia partida, un proyecto interrumpido, una nostalgia que no caduca. Las señales de apertura y reconexión alimentan la esperanza de que el país que se dejó atrás pueda, algún día, volver a ser habitable en términos que la gente reconozca como dignos.

Volver no es deshacer el viaje: es emprender uno nuevo, hacia un país que también cambió.

Pero la prudencia es igual de legítima. Una transición no garantiza, por sí sola, empleo, seguridad ni estabilidad. Quienes asesoran a comunidades migrantes insisten en distinguir entre el deseo y las condiciones: el retorno sostenible se construye sobre certezas, no sobre anuncios.

Quizás lo más sano sea resistir tanto el pesimismo que niega cualquier avance como el optimismo que da por resuelto lo que apenas comienza. La diáspora, que tanto aportó desde lejos, tendrá un papel en la reconstrucción. Pero ese papel exige un país que ofrezca razones, no solo promesas, para volver.