Han pasado seis meses desde que Venezuela entró en uno de los capítulos más imprevistos de su historia reciente. El gobierno encabezado por Delcy Rodríguez asumió en medio de una crisis aguda y ha intentado, desde entonces, sostener un delicado equilibrio entre la apertura externa y la gestión de las tensiones internas.

Gestos de distensión

En el frente exterior, la administración apostó por la normalización de relaciones con Washington, la reapertura de la embajada estadounidense y la reactivación de acuerdos económicos. Hacia adentro, impulsó —y luego frenó— medidas de liberación de detenidos, en un terreno tan sensible como disputado.

Las grietas

El relevo en el Ministerio de la Defensa y los reacomodos dentro del oficialismo dejaron ver que la coalición gobernante no es monolítica. Sectores civiles y de derechos humanos reclaman avances más profundos; otros actores advierten contra cambios demasiado rápidos.

El saldo, a mitad de año, es ambiguo. Hay señales de un país que intenta reconectarse con el mundo, pero también incertidumbre sobre el rumbo institucional y sobre cómo y cuándo se resolverá la cuestión de la legitimidad mediante las urnas. La transición, por definición, es un puente: lo decisivo será hacia dónde conduce.